A las cero horas terminó la primera campaña municipal bajo las nuevas reglas, tras los escándalos de corrupcióin. Y en esdte balance de una campaña inédita, hay de dulce y también de agraz.
Partamos por los avances. Es evidente que esta fue la campaña más austera de los últimos 25 años. No vimos el prepotente despilfarro de dinero oscuro en gigantografías y palomas que tapizaban las ciudades. Hay menos dinero en la política, y eso es bueno no sólo por urbanismo, sino porque significa menos compromisos con los poderes económicos y menos corrupción.
En transparencia, seguimos al debe. es cierto que existe información pública sobre aportes a candidatos, pero es evidente también que esa información entregada por las campañas es incompleta. Es que el Servel no tiene ni dientes ni uñas para fiscalizar, con poco personal, sin un director titular y con las múltilples polémicas en que se ha enredado.
También es claro que las campañas aun no se adaptan a este nuevo escenario. Si bien estuvieron más dispuestos a participar en debates para confrontar sus ideas, los candidatos no encuentran maneras creativas de entusiasmar y movilizar a los chilenos. Una incapacidad que probablemente beneficie a los que sí son conocidos: los alcaldes que van a la reelección.
Es recién un primer paso. Uno que, con todos sus defectos, es infinitamente más sano que nuestras antiguas campañas en que el poder del dinero se ostentaba, sin contrapeso ni transparencia.
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