Hace 5 días el Presidente de Perú estaba a punto de ser destiuído por el Congreso. Salvó el cargo, pero a un precio demasiado alto en un país que había declarado imprescriptibles los delitos de corrupción.
Pedro Pablo Kuczynski negoció bajo cuerda con Kenji, uno de los hijos de Alberto Fujimori. Obtuvo sus decisivos votos en el Congreso, a cambio de indultar al ex dictador.
Así conservó la presidencia, pero perdió todo los demás. Perdió el prestigio, la legitimidad y el poder sin los cuales su cargo vale poco y nada.
Hay que recordar que Kuczynsky llegó a la presidencia gracias al apoyo transversal de grupos de izquierda, centro y derecha, unidos para evitar el triunfo del fujimorismo y el consecuente indulto al ex gobernante. Al traicionarlos, queda sin base alguna de apoyo.
El Presidente no tiene un partido real ni una bancada significativa. Su respaldo popular es ínfimo y tampoco es precisamente un líder carismático. Ahora sólo le queda sostenerse en el fujimorimo, que tal vez lo respalde mientras le sea útil.
Así, paradójicamente, Kuczynski se ha convertido en un rehén del mismo hombre al que acaba de dejar en libertad.
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