Dos autoridades cuestionadas. Los casos paralelos de Luis Castillo y Mauricio Rojas son un ejemplo perfecto de cómo el poder está mutando en Chile.
Ambos fueron cuestionados por hechos de su pasado, relativos a derechos humanos. Castillo por mantener bajo reserva la autopsia al ex presidente Frei. Rojas por declarar un montaje el museo de la memoria.
Contra Castillo hay una acción coordinada de la oposición política; los comités de senadores acordaron bloquearlo y hoy tiene el acceso vetado a las comisiones del Congreso.
Contra Rojas, una campaña inorgánica iniciada por el poeta Raúl Zurita, secundada por artistas y difundida a punta de WhatsApp.
Salta a la vista quién fue más efectivo. Mientras Castillo sigue en el cargo, los artistas derribaron a Rojas en menos de 90 horas y celebraron su triunfo con un masivo acto en el museo de la memoria.
Es lo que Moisés Naim llama “la centrifugadora política”, que dispersa el poder en todas direcciones. Los partidos ya no cumplen su rol de intermediarios entre la gente y el gobierno, y son los propios ciudadanos los que toman la voz, un ejército armado con smartphones que no requiere estructuras para masificar campañas, funar políticos o convocar protestas.
En el Chile de hoy, el posteo de un poeta en Facebook puede derribar a un ministro. De hecho, acaba de hacerlo. El poder ya no es lo que era.
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