Hace pocos días atrás, el presidente de Argentina, Javier Milei, concedió una entrevista al periodista Andrés Oppenheimer, en CNN en español.
En esa entrevista, el presidente Milei hizo una dura declaración sobre el presidente de Colombia, Gustavo Petro: “Mucho no se puede esperar de alguien que era un asesino terrorista”. La reacción del presidente colombiano no tardó: expulsó en el acto a un grupo de diplomáticos argentinos.
Este episodio, pedagógico sobre la forma en que no se deben hacer relaciones internacionales, debiese servir de lección para entender que no pocos presidentes, especialmente de izquierdas, son hijos de su tiempo y de sus prácticas, en una era en la que predominaban las dictaduras y una pasión por la revolución. Efectivamente, el presidente Petro empuñó las armas y se aventuró en prácticas políticamente muy criticables. Pero no es el único ejemplo.
El expresidente de Uruguay José “Pepe” Mujica fue un guerrillero tupamaro y pasó 13 años de su vida en la cárcel. Hoy es una figura admirable. El actual presidente de Brasil, Lula da Silva, fue un destacado dirigente sindical durante la dictadura militar, pagando con tortura y cárcel sus convicciones. Hoy se le reconoce como un luchador social devenido en presidente del Brasil.
Estos tres líderes fueron lo que fueron e hicieron lo que hicieron en una época que no tiene nada que ver con la democracia del siglo 21. Es fácil condenar con los ojos del siglo 21, es mucho más difícil comprender con los ojos del siglo 20.
Pobre Argentina.
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