Las elecciones son parte de la rutina política ciudadana, donde independientemente de cómo se vote, el mismo acto de votar confiere valor a la democracia. Quizás por esa asociación a una rutina, en este último caso obligatoria, se ha perdido un poco el sentido de su importancia para la ciudadanía.
Por cierto, es la forma en que las democracias eligen a sus autoridades a través de un voto popular, durante uno, o en este último caso dos días, en el país se produce -y escuchen bien- la mayor transferencia de confianza que existe de parte de la gente hacia quienes van a representarlo.
Porque eso es una elección democrática, una transferencia de confianza de las personas hacia quienes los van a representar. Qué partido obtiene más o menos candidatos electos es un dato, lo importante es el acto mismo, la confianza, el sentimiento más importante para vivir en sociedad se delega en alguien que promete representarte.
Por eso no es trivial que cuando alguien por quien votaste abusa del poder que le conferiste o cuando un gobierno que elegiste no cumple sus promesas y abundan escándalos.
El voto es la renovación de un deseo ciudadano de participar en la democracia. Quien ganó quien perdió tiene valor informativo, el valor cualitativo de ir a votar es simplemente hacerlo: ir a votar. Con eso se consagra la fuerza de la democracia y la confianza ciudadana se renueva por la nueva expectativa de los resultados.
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