Parece guion de película trágica. Un hotel en el balneario argentino de Villa Gesell se viene abajo, muriendo una persona y quedando otras nueve debajo de los escombros. Todavía hay gente que están viendo si es que se encuentran todavía.
¿Cómo pudo suceder algo así? En un país con bajísima calidad sísmica, el Hotel Dubrovnik simplemente se vino abajo.
En la tarde de ayer empezaron a conocerse algunos hechos. Se supo que se habían hecho una serie de obras en el hotel en sus alrededores, sin permisos oficiales, de forma clandestina. La instalación de un ascensor sin permiso alguno, más otras obras, habrían debilitado la estructura y eso derivó en el desastre de ayer.
Si la permisología, que está de moda en las obras chilenas, genera eternas esperas por trabajos que se dilatan demasiado, la ausencia de permisos, y peor aún, las obras llevadas a cabo clandestinamente son la mecha de una catástrofe inaceptable.
No digo, y quiero aclararlo, que la excesiva permisología actual es lo correcto, no. Lo que digo es que esta debe ser idónea a lo que se pretende, que es hacer las construcciones en regla, en tiempos razonables y con transparencia laboral.
Los dos extremos de este tipo de construcción son nefastos. La eterna dilación de permisos de obra, fuera de encarecer y dilatar el proceso de construcción, puede incentivar a algunos a saltarse pasos y, como pasó en Argentina, simplemente proceder de facto clandestinamente.
Permisos, sí, en plazos razonables, son un acto de progreso y de cuidado, porque se construye, pero simultáneamente se protege a quienes laboran en las obras. Los permisos demorosos, insisto, pueden llevar, como acaba de pasar en Argentina, al incentivo de actuar fuera de la norma, y peor aún, al riesgo de conseguir esos permisos corruptamente, fuera de la ley.
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