Usted que es hombre, piense qué sentiría si lo obligan a vestirse de mujer, a botar sus trajes y usar vestidos y medias. Las personas trans existen, no son enfermos (lo ha certificado la OMS) y lo que sí son es personas vulneradas en sus derechos.
Triste. Cuando el debate de la hoy aprobada Ley de Identidad de Género llega a argumentos como que los hombres se convertirán en mujeres para jubilar antes o que los presos que cambien su sexo registral podrán abusar de presas, como si en una cárcel masculina esos reos no pudieran abusar de hombres y como si ser trans implicara una amenaza latente.
O creemos o no creemos en la autonomía de los adultos. No hay razón para que nuestro carnet no lleve un nombre y sexo acorde a nuestra identidad. Porque ser hombre o ser mujer es mucho más que nuestros genitales.
Y respecto de los niños trans, otra caricatura. Que sus padres los pueden haberlos confundido, que se les va a pasar. Negación, desconfianza y contradicción. Porque quienes en educación sexual dicen “más familia, menos Estado” hoy han ayudado a quitarle a los padres la posibilidad de decidir en esta materia lo mejor para sus hijos cuando tengan menos de 14 años.
Si para estos menores no habrá ley, algo habrá que hacer. Porque María no merece que en su colegio tenga que usar el baño de hombres. Por su dignidad y la de otros, si el Parlamento no pudo, otras autoridades más de algo deben hacer.
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