Una injusticia en apariencia menor —la revocación de un premio a la mejor longaniza de Chile en una tradicional fiesta culinaria— fue el punto de partida de lo que terminaría convirtiéndose en una de las películas más comentadas del año: Denominación de Origen, dirigida por Tomás Alzamora, cineasta sancarlino, quien convirtió una anécdota local en una potente metáfora sobre pertenencia, identidad y fracturas sociales.
Una ficción inspirada en hechos reales: tras ser despojados de un galardón gastronómico, un grupo de vecinos de San Carlos organiza un movimiento social para recuperar la dignidad de su comuna, buscando que sus longanizas obtengan oficialmente la denominación de origen. Pero lo que parece una historia menor, se convierte en una crítica más profunda a las formas en que se reconoce —o margina— a las comunidades fuera del eje centralista.
“Soy sancarlino, nacido y criado allá. Conozco muy bien mi territorio y esta es una película honesta, muy sincera”, señaló Alzamora. “Incluye varios temas. El primero es la identidad, la marginalización de los pueblos. San Carlos siempre tiene que explicarse a través de Chillán. Nadie sabe dónde queda”.
Además de abordar el valor patrimonial de un producto local, Denominación de Origen plantea una crítica a la desintegración del tejido social en Chile, atribuyéndolo al modelo neoliberal.
“Ya no hay gente en las plazas. No nos permite reunirnos, ni siquiera llamar a nuestros padres o vecinos. Desde que despertamos, tenemos que tratar de nadar para sacar la cabeza del agua que nos asfixia. Y no culpo a las personas, es el sistema”, reflexionó el cineasta.
El filme también nace del descontento con el proceso político reciente. “Estábamos a punto de reescribir una nueva Constitución y, por miedo, por individualismo, decidimos rechazar. Y eso también es parte de la metáfora que se plasma en la película”, agregó.
Más allá del argumento y la crítica social, Denominación de Origen se ha sostenido por la fuerza de la comunidad: fue producida, interpretada y promovida junto a vecinos de San Carlos, y su recorrido en salas ha sido empujado por el boca a boca.
“Los cines no le creían a este proyecto. Era un documental sin rostros conocidos, sobre una longaniza. Pero ha sido maravilloso. Las salas llenas, gente emocionada, familias abrazándose. Ha sido un viaje hermoso”, relató Alzamora.
La cinta, que comenzó como una producción modesta, se ha transformado en una obra profundamente política, cultural y emocional. Una historia que, desde lo local, interpela a todo un país. “La película no es solo risa, no es solamente una longaniza, efectivamente es un espejo de nuestra sociedad, de nuestro Chile“, destaca Alzamora.
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