El llamado bromance se acabó.
En efecto, la trenza en el poder más poderosa del mundo, la de Elon Musk y Donald Trump, cuya influencia por separado y especialmente unidos repercute en todo el globo, esa trenza, se acabó a tuiteo limpio. Apretaron el botón y empezó la escalada de agresiones, descalificaciones y amenazas. Desde entonces, ataques van y vienen, como dos furiosos adolescentes descontrolados.
Sería simplemente patético si no fuera trágico, y lo es. En primer lugar, porque las consecuencias de la trenza ya han sido devastadoras. Y las consecuencias de su apasionada separación, también. Especialmente, o además, por la inestabilidad profunda que ambos le han metido al sistema mundial. La incerteza permanente, la imposibilidad de proyectar y predecir en lo más mínimo el futuro.
Ambos son exponentes de la corriente de “machos alfa” autoritarios y tóxicos, iliberales, a lo Putin, que polarizan política y afectivamente a las sociedades.
Trump y Musk, y sus redes sociales, han sembrado bullying y odios, los que ahora dirigen el uno contra el otro. Han sido reflejo y catalizadores, impulsores y padres, de la ola de resentimiento, rabia, miedo, que recorre el mundo, y que ellos usan a su favor.
Esta pelea nuclear entre ambos debería abrirle los ojos a los votantes de lo que está en juego allá y acá, y de hacia dónde conduce empoderar a representantes de la política de la testosterona tóxica.
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