Hace poco tiempo, el ensayista Hans Magnus Enzensberger publicó una de sus columnas bajo el sugerente título “Guerra Civil Molecular”, la que aplica perfectamente bien a las graves protestas que están teniendo lugar en la ciudad de Los Angeles, en Estados Unidos.
En el argumento de Enzensberger, la guerra civil no es algo que venga de fuera: “Es un virus que hemos permitido que nos infectara, viene de dentro y siempre comienza con una minoría”.
Lo inquietante de esta columna es la descripción del modo de difusión de esta amenaza: se inicia sin efusión de sangre, con evidencia circunstancial, sin movilización general.
Todo ocurre de modo molecular, en una lógica gradual, cada vez menos invisible, en donde “la juventud es la vanguardia de la guerra civil”, quienes se resisten a heredar algo que les resulta incomprensible: un crimen racial, seguido por otro y otro; una política de deportación; un escalofrío por las muertes por desesperación que fueron tan bien estudiadas por la economista Anne Case y el premio Nobel Angus Deaton.
Las razones pueden ser muchas: lo que cambia es la percepción de lo que está ocurriendo. No es un azar si la revista NOEMA, en su último número, editorializa sobre lo molecular de esta crisis bajo el puño y la letra de su editor en jefe Nathan Gardels.
Es cierto: las protestas en Los Angeles no se observan en todas partes, y buena parte de sus habitantes son indiferentes ante ellas. Lo mismo se puede decir de su extensión hacia otras ciudades.
Pero la Guardia Nacional ya salió a la calle, así como los Marines por orden presidencial, pasando a llevar al gobernador de California y a la alcaldesa de Los Angeles.
Estados Unidos fue el primer país en haber vivido una guerra civil con una contabilidad mortuoria inimaginable entre 1861 y 1865, con un millón de muertos y bajas. Estos es lo que explica el carácter espectral de la peor pesadilla estadounidense, la que se ve bien en esa extraña película sin guion claro de 2024, “Civil War”.
La palabra “guerra civil” ya se está usando, sin mucha estridencia. Pero el origen molecular de la catástrofe está allí.
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