Cuarenta mil personas en el Estadio Nacional, y un millón más por la televisión pública, compartieron el sábado pasado un momento único, significativo y muy emotivo.
Me refiero a la Novena Sinfonía de Beethoven, interpretada por la Orquesta Sinfónica de Chile. La iniciativa de la Universidad de Chile fue un acto cultural muy simbólico. Tal como recordó la rectora Rosa Devés, la última vez que se había tocado la Novena en el estadio fue el día en que Patricio Aylwin se transformó en Presidente de Chile, e inauguró la democracia en nuestro país después de 17 años de dictadura.
Este sábado, estuvieron presentes el Presidente Boric y las familias Aylwin y Piñera. Y mientras la orquesta tocaba con maestría este himno a la fraternidad, era imposible no conectarse con los recuerdos de ese día de 1990, cuando Chile venía saliendo de un momento tan oscuro y pudo, sin embargo, ir construyendo un camino con democracia, con desarrollo y con reencuentro.
Este concierto fue posible con el apoyo de muchos; de muchos que piensan distinto. Además de la Universidad de Chile, estaban los alcaldes de Providencia y de Ñuñoa, el gobernador Orrego, parlamentarios y ministros. Estaba la empresa privada, que auspició este evento de envergadura. Estaban las personas que agotaron las entradas en ocho horas y que pese al sol y al calor, abarrotaron el estadio, para todos juntos, sentir y gozar de esta sinfonía icónica.
Tal como dijo la rectora Devés, es posible el encuentro, en Chile nadie sobra, la diferencia es fuente de riqueza, no de división.
Gracias a todos quienes hicieron posible un momento inolvidable.
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