Hoy resuena en un especial sentido el dicho “la Justicia cuando tarda no es Justicia”.
La institución de la Justicia, a través de la Corte Suprema, demoró mucho en tomar cartas sobre el juez, si aun juez, Antonio Ulloa. Y llegó tarde y mal.
¿Por qué la oportunidad es relevante? Porque como se ha hecho ver, con la gravedad de los cargos que le ha comprobado el sumario en su contra (entregar resoluciones a Luis Hermosilla antes que fueran públicas, influir en al menos 10 nombramientos, prestar a un amigo su auto fiscal, etc.) si la decisión se hubiera tomado en medio del Caso Audios, difícilmente hubiéramos visto a siete ministros del máximo tribunal diciéndole a la ciudadanía que Ulloa aún puede ser un buen juez.
Ah, y que Verónica Sabaj acusada de hechos igual o hasta un poquito menos graves, sí tenía que salir.
Pero en el fragor de la campaña presidencial, esto pasa bastante inadvertido. Y nuestra obligación es hacer preguntas (aunque a veces las respuestas sean obvias).
¿Por qué se queda Ulloa? ¿Qué lo hace merecedor de esos 7 votos? ¿Por qué no se inhabilitaron magistrados que le debían gestiones? ¿Qué más tendría que hacer para salir de su cargo?
Su destino ahora depende de una Acusación Constitucional y mientras ¿Dónde lo destinarán? La Corte de Apelaciones de Santiago pidió su destitución y él solicita ser redestinado por ejemplo, a Coyhaique.
¿Son acaso ciudadanos de segunda categoría los que, en caso de ser trasladado, recibirían a un juez que no puede serlo en Santiago?
En una de esas lo mandan a clases de ética y termina en Coyhaique, con asignación de zona que incremente su salario.
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