Casi todos los que han despedido hoy a Mario Vargas Llosa hablan del “escritor gigante”, como dijo el Presidente Gabriel Boric; o del Premio Nobel de Literatura; del maestro; del intelectual público; del demócrata liberal; del converso.
Pero casi nadie lo ha despedido como lo que, a mi juicio, fue el oficio de su vida: el periodismo.
Partió como reportero el verano de 1952 en el diario La Crónica, en Lima. Tenía 15 años de edad. Y desde ahí siguió ejerciendo el periodismo hasta hace poco más de un año, cuando se despidió de sus columnas en diciembre de 2023. Vargas Llosa siempre fue periodista. Pasó por todos sus géneros: el informativo, el interpretativo y el de opinión.
Tuve la suerte de entrevistarlo un par de veces y de compartir con él un par de veces más. Y siempre me pareció que lo que más era Vargas Llosa… era periodista.
Se le notaba en todo lo que hacía. Y quizás por eso, a veces, parecía contradictorio.
Respecto de temas chilenos, por ejemplo, defendió a Pinochet durante su detención en Londres, pero luego lo etiquetó de dictador frente a una pregunta de Axel Kaiser. Porque esas dos posiciones no sentía que fueran incompatibles.
Tenía el escepticismo como método. La valentía y la humildad de cambiar de opinión ante evidencias o argumentos nuevos. La valentía y la humildad para aceptar la crítica.
Buscó incansablemente la verdad y trató de ser leal, principalmente, con las personas, con los ciudadanos, con los lectores, con la audiencia. Tuvo una inagotable vocación pública.
Esos son los atributos esenciales del buen periodista.
En su última columna de opinión dejó de regalo esta frase: “El periodista de talento busca la verdad como una espada que se abre paso por doquier. Decir mentiras, manipular, es fácil, pero tarde o temprano queda en evidencia. El que dice la verdad y la defiende presta un servicio a sus lectores y a su tiempo. Eso es a lo que tímidamente he aspirado”.
Descansa en paz, colega Mario Vargas Llosa.
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